Alrededor del siglo XI, los turcos, que poco a poco habían ido ganando terreno frente a los romanos, se asentaron en Anatolia. El contacto entre culturas permitió el intercambio de algunas tradiciones y costumbres, de modo que los baños romanos fueron introduciéndose en la vida turca, hasta tal punto de que la costumbre se olvidó totalmente en Europa, mientras que pervivió en Turquía. Fue así como, con el tiempo, los baños romanos pasaron a denominarse baños turcos, nombre con el que todavía hoy se siguen conociendo.

Los baños no eran sólo un lugar al que la gente acudiera para limpiarse, si no más bien un espacio de encuentro social. Muchos de ellos fueron construidos durante la época otomana, siguiendo siempre el mismo estilo: una cúpula coronada por cristales que orientan la luz del sol que llega al interior.
Quienes visiten Turquía contemplarán algunas ruinas que se han mantenido a través de los siglos, como las de Éfeso, Afrodisias o Perge. Además, en ciudades como Estambul o Bursa todavía existen locales en los que tomar un baño turco como marca la tradición.

Un baño turco combina cuatro elementos básicos: calor seco, calor húmedo, frío y masajes. Estos elementos estimulan y limpian el cuerpo y mejoran la salud. El bañista entra en primer lugar en una sala caliente, en la que se empieza a sudar. Posteriormente, hay que darse un masaje relajante con agua y jabón, que además sirve para limpiarse. Después, se toma un baño frío para que el cuerpo vuelva a la temperatura habitual.
En los últimos años, los baños turcos están prosperando en las culturas occidentales como actividad de relax y culto al cuerpo, influidos por la ola de spas y balnearios urbanos.