Con unas dimensiones modestas, semejantes a las de Granada y Salamanca, la antigua capital imperial de Japón concentra casi el 20% de los tesoros nacionales. Una ciudad con 1.800 templos y 17 monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco -trece templos budistas-, tres santuarios sintoístas y un castillo- parece reclamar una vista ordenada, sin improvisaciones.
Si es posible, iremos a Kioto en primavera o en otoño. A mediados de marzo y durante el mes de abril, el cerezo alcanza su máximo esplendor, mientras que en octubre y noviembre, los arces de hoja roja rodean la ciudad y la penetran dándole un aspecto mágico.
El principal acceso a Kioto es su estación central de tren, adonde llegan la mayoría de viajeros procedentes de Tokio, la capital japonesa. Para conocer el alma de la ciudad, lo primero que conviene hacer es cruzar el río Kamo y entrar a Higashiyama, el distrito sudeste. Hay que agradecer a este río que detuviese los múltiples incendios que han asolado Kioto durante siglos y que preservase esa parte de la ciudad, donde se localizan algunos de los templos más bonitos -como la pagoda Yasaka y el templo Ryozen- y el núcleo de Gion, el tradicional barrio de las geishas.
Para familiarizarse con las tradiciones niponas se recomienda entrar en la ermita de Chishaku-in (siglo XV) y tomar un té frente al chaniwa (jardín de té) de la sala de estudio de los monjes. El secreto del alma japonesa se encuentra encriptado en la forma de los jardines de los templos de Kioto. Los hay de paisaje seco o grava, de paseo, de té y los que evocan el paraíso budista con islotes de rocas y montes.
A poca distancia encontramos el primer monumento Patrimonio de la Humanidad de la ruta por Kioto, el templo Kiyomizu-dera. Construido sobre una cascada a la que debe su nombre, "Templo del agua pura", tiene un mirador realizado sin clavos y sostenido por 139 pilares de madera. En otoño, los arces alrededor del mirador alcanzan un color rojo tan intenso que parecen llamas.